Las primeras veces

El olor intenso a podredumbre unido a la desorientación había acompañado sus pasos hacia un futuro prometedor. El pasado de Clara había sido desgarrador, sin embargo, no había minado su motivación ni un ápice. Conforme avanzaba hacia la entrada de aquel imponente edificio, tenía claro que allí empezaba todo y, por ello, lo vivido en el último año (calles anegadas de lodo y montañas apocalípticas de vehículos acompañadas de desesperación y angustia) no debía ser un lastre sino un aprendizaje para estar siempre preparada ante lo que pudiera acontecer.

En cuanto puso un pie en la Universidad de Valencia, se le aproximó un muchacho: Hola Clara, soy Gerardo, tu tutor de primer año en la uni. – dijo ofreciéndole su mano para estrecharla. Estoy aquí para ayudarte, informarte y asesorarte sobre todo aquello que necesites. Queremos que tu incorporación a la universidad sea una experiencia inolvidable – concluyó Gerardo con su mejor sonrisa.

Y sí, realmente fue una de las mejores experiencias de Clara, que todavía guarda con mucho cariño en su memoria. En aquella etapa, la ayuda de Gerardo como tutor fue clave para la adaptación de Clara a su nueva realidad académica. Venía de un entorno conocido, un instituto público en Catarroja, donde profesores y alumnos formaban parte de su cotidianidad, como si de una familia se tratara. Por ello, tener a Gerardo como tutor la ayudó a aclimatarse a este nuevo hogar en el que conviviría en sus próximos años. Él hizo posible incluso que no abandonara la carrera cuando, tras el primer cuatrimestre, Clara comenzaba a plantearse que aquello no era lo suyo. Él le transmitió seguridad y le enseñó que estudiar en la universidad era una “carrera de fondo” en la que tendría momentos bajos y otros altos, pero lo importante era persistir y nunca abandonar. Todavía recuerda con cariño cómo Gerardo siempre comparaba la universidad con un juego de la PlayStation, en el que hay que ir pasando pantallas, y, si no las pasas, siempre tienes nuevas vidas para volver a intentarlo.

Unos años más tarde, con los nervios de un nuevo primer día, Clara se miraba de arriba abajo en el espejo cuestionándose si el atuendo era el apropiado para conocer a sus nuevos compañeros de trabajo. Quedó gratamente sorprendida cuando vio que el entorno de trabajo era muy desenfadado y cercano. Tenía la sensación de haber acertado con la decisión: había recibido un par de ofertas muy similares y, al final, Clara había echado mano de su instinto para tomar la decisión. En aquel lugar, Clara conoció a Fran. Ella se le acercó con decisión y la saludó con dos besos: Fran era una mujer joven que ostentaba una posición de responsabilidad dentro de la empresa. Se presentó a Clara como su mentora, una compañera de viaje en su desembarco en el mundo laboral. Fran fue y sigue siendo una persona muy importante en la vida de Clara: en aquella época, Fran y Clara se reunían cada semana. Fran le explicaba aspectos clave de la compañía y la ayudaba a gestionar sus propias expectativas, pues Clara, por aquel entonces, aunque también ahora, se quería comer el mundo. Por ello, Fran le enseñó a trabajar en su desarrollo profesional con coherencia y constancia, a definir objetivos y establecer acciones que la llevaran a ellos. Clara mentiría si dijera que aquellos años fueron “un camino de rosas”: hubo momentos difíciles y situaciones estresantes con los equipos de trabajo y con los clientes, pero en todos ellos, Fran estuvo a su lado, ayudándola a encontrar la mejor manera de superar cada barrera y cada escollo que encontrara en el camino. De ella aprendió muchísimo durante esa etapa, no sólo como mentora sino también como referente, convirtiéndose en su inspiración y su modelo a seguir en los siguientes años.

Sin embargo, no todas las primeras veces fueron agradables para Clara: todavía le sobreviene el recuerdo de la primera vez que entró en el salón de actos de la Escuela de Negocios Pente. En el momento en el que puso un pie en esa sala, Clara sintió un escalofrío en la espalda que la dejó paralizada: era grande y sobria, con hileras de asientos formando una media luna y con capacidad para más de mil doscientas personas. Hasta ahí nada diferente a otro salón de actos.

Sin embargo, era el escenario lo que a Clara le hacía sentir el miedo en estado puro: era muy amplio, con un juego de luces repartidas a lo largo y ancho del escenario, dejando algunas partes tan oscuras que se asemejaban a un agujero negro en el espacio, a punto de succionarla y hacerla desaparecer en microsegundos. No sé por qué razón, cuando escuchó su nombre en aquella sala, lejos de hundirse en su asiento, ella se levantó como si tuviera un resorte en los pies, y se dirigió con paso firme a conocer a Teresa, la que sería su coach durante el MBA al que su empresa la había inscrito. Esa formación le dio la oportunidad de conocerse más y de aprender muchísimo de los profesores y de sus compañeros. Pero el gran regalo para Clara fue Teresa, la piedra angular que la hizo cuestionarse todo lo que ella había sido hasta ese momento, así como hacia dónde quería ir.

Durante las primeras sesiones de coaching con Teresa, sus preguntas iban encaminadas a conocer a Clara y saber qué quería trabajar con ella. Al principio, Clara sentía que las preguntas no le llevaban a ningún lado, pero nada más lejos de la realidad: cuando, a través de sus preguntas, Clara se dio cuenta de que la inercia del día a día la había llevado a un puesto en el que era buena, pero totalmente alejado de sus sueños y aspiraciones, comenzó a bucear en sus miedos y decidió que era hora de mover ficha. En ese tiempo, el coaching la ayudó y la impulsó a luchar para conseguir sus sueños. No sin gran trabajo y compromiso con la causa, Clara consiguió avanzar en su objetivo, acompañada de Teresa quien le hacía las preguntas correctas en el momento adecuado para agitarla, o como dice Leonardo Wolk “soplar las brasas” para sacar su potencial y borrar esos miedos que la lastraban.

Después de más de 10 años de carrera profesional, Clara tuvo la ocasión de volver a ese inquietante escenario de la Escuela de Negocios Pente, para vivir una nueva primera vez, ¡su primera vez como ponente! Aquel día Clara no vio ningún juego de luces ni agujero negro, pero sí vio una audiencia que sonreía y asentía ante su discurso. Allí, entre el público, Clara pudo distinguir las caras sonrientes de Gerardo, Fran y Teresa, personas clave en su vida quienes a través de la tutoría, la mentoría y el coaching la habían ayudado a llegar hasta ese escenario.

Haciendo balance de su evolución profesional, Clara decidió ir a por una nueva primera vez: su primera experiencia como mentora. En el mismo lugar donde ella comenzó años atrás, conoció a Manu, un nuevo empleado y su primer “mentorizado”. Cuando la “mentoría” te ha aportado tanto, poder contribuir con tu granito de arena ayudando a otros compañeros, es todo un lujo. Para Clara, la empatía era muy importante en ese proceso. Por ello, recordó los nervios e inseguridades de su yo de hace 10 años, y aquello le ayudó a saber orientar la “mentoría” para Manu.

Pasado un tiempo, habiendo descubierto el potencial del coaching, Clara subió su apuesta personal y decidió certificarse como Coach: quería ser mejor líder para su equipo. Así, ser líder coach la ayudó a conectar y entender mejor a las personas con las que trabajaba. Para ella, su área de mejora fue la escucha, todo un reto si tienes incontinencia verbal, como era su caso, pero con mucha práctica consiguió dominarla como una experta. De esta manera, con su rol como líder coach consiguió inspirar y dar autonomía a las personas con las que trabajaba: hacía las preguntas correctas en el momento adecuado para que ellas, si así lo deseaban, pudieran perseguir sus sueños.

Por último, gracias a Teresa, Clara se lanzó a su primer proceso de coaching como coach. Esa primera vez, fue realmente bien, así como algunas de sus otras primeras veces, y por ello, siguió realizando estos procesos siempre que su agenda se lo permitía. Sin embargo, cuando menos lo esperaba, Clara conoció a la coach más importante de su vida: la primera vez que la vio no se hablaron, sólo se miraron, ella con mucha templanza, y Clara con lágrimas en los ojos. Pero, como se suele decir en coaching, los silencios también son importantes.

Con los años, esta coach comenzó a hacer preguntas poderosas, de esas que te dejan un rato reflexionando y te hacen replantear tus prioridades sin perder de vista tus sueños: Mami ¿por qué trabajas tanto?

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